Alex Suau
Trabajo y sentido · 4 min

La trampa de rendir incluso cuando ya paraste

— El Cuaderno · 02

Podés dejar el trabajo, bajar el ritmo y seguir midiendo cada parte de tu vida como si tuviera que demostrar algo.

Alex Suau · Ensayo 02

Un sábado me senté a escribir mi post de siempre y no me salió nada.

Abrí el portátil.

Preparé café.

Miré la pantalla en blanco.

Y apareció una incomodidad conocida:

tenés que publicar algo.

No porque alguien me obligara.

Porque a veces uno también convierte su propio crecimiento en una nueva exigencia.

El “podría estar mejor”

Hay una frase que suena ambiciosa, pero casi siempre es inquietud mal gestionada:

“Podría estar mejor.”

Durante años viví así.

No me faltaba nada importante. Pero siempre había algo más que mejorar.

Podría ganar más.

Podría hacer más.

Podría ser mejor.

El problema no era querer crecer.

Era no saber parar.

Confundía movimiento con vida.

Exigencia con sentido.

No hubo un gran drama. Me cansé.

Me cansé de vivir en el próximo objetivo. En ese punto que siempre se desplaza justo cuando parece que vas a alcanzarlo.

Entonces entendí algo incómodo:

muchas veces ya estaba viviendo lo que antes deseaba.

Solo que no tenía tiempo para verlo porque estaba ocupado intentando mejorarlo.

Cuando la vida interior se convierte en otro trabajo

Primero quise rendir en el trabajo.

Después quise rendir en mi vida interior.

Tener claridad.

Tener calma.

Tener algo profundo que decir.

Tener una reflexión lista.

La forma había cambiado. El mecanismo era el mismo.

Antes medía resultados.

Después medía conciencia.

Incluso después de desprogramarte de muchas cosas, podés quedar atrapado en otra: la necesidad de demostrar que ya cambiaste.

Una cosa es compartir un proceso real.

Otra es fabricar profundidad para sostener una identidad.

El que siempre aprende algo.

El que siempre está presente.

El que siempre transforma todo en mensaje.

También podés convertir la calma en una meta y terminar corriendo para alcanzarla.

Una pantalla en blanco también puede ser suficiente

Ese sábado no tenía una gran enseñanza.

Tenía una pantalla en blanco.

Y quizá eso era exactamente lo que necesitaba mirar.

La suficiencia también es esto:

no necesitar producir algo valioso para sentir que tu día tuvo valor.

No necesitar una idea brillante para sentirte alguien.

Permitirte no tener nada especial para mostrar y, aun así, no sentirte menos.

Durante mucho tiempo pensé que parar era cambiar las tareas productivas por otras más conscientes.

Caminar.

Leer.

Meditar.

Escribir.

Pero si las hacés para cumplir, medir o demostrar, no saliste de la rueda.

Solo la decoraste mejor.

Habitar lo que ya está

La pregunta dejó de ser cuánto más podía optimizar.

Pasó a ser si estaba habitando lo que ya era suficiente.

Para empezar, hice tres cosas simples.

Dejé de medir mi vida solo por resultados.

Creé espacios sin objetivo: caminar, leer, estar, observar.

Y empecé a preguntarme con frecuencia si lo que hacía estaba alineado con lo que valoraba.

Nada heroico.

Nada que pudiera convertir en un método.

Solo suficiente para empezar a estar.

La pantalla siguió en blanco un rato.

El café se enfrió.

El día no produjo una gran idea.

Y no pasó nada.

Quizá parar de verdad empieza ahí:

cuando un día no tiene que justificar su existencia.

El Cuaderno · 02 Alex Suau