Alex Suau
Identidad y cambio · 5 min

No estoy perdido:
estoy desprogramándome

— El Cuaderno · 01

Parar no siempre significa haber parado.

Alex Suau · Ensayo 01

Llevaba unos seis meses de retiro —viaje, año sabático, como quieras llamarlo— y no entendía qué me estaba pasando.

Se suponía que tenía tiempo. Se suponía que había parado. Se suponía que, lejos del ritmo de siempre, las respuestas iban a aparecer.

Pero yo seguía intentando convertir el retiro en otra cosa que hacer bien.

Parar no es lo mismo que haber parado

El primer mes sentí culpa por no ser suficientemente productivo.

Había dejado de trabajar, pero el trabajo todavía seguía dentro de mí. No como una tarea concreta, sino como una forma de medir el valor de mis días.

Si no producía, ¿qué estaba haciendo?

Si no avanzaba hacia algo visible, ¿estaba aprovechando el tiempo?

En el segundo mes empecé un curso online. Tenía tiempo. No podía “desperdiciarlo”.

La lógica era impecable. También era exactamente la misma de la que intentaba alejarme.

Había cambiado la agenda, pero no el mecanismo. Seguía necesitando justificar mi existencia con progreso, aprendizaje o resultados.

El retiro todavía era rendimiento con otra ropa.

La inquietud también sabe viajar

En el tercer mes apareció otra pregunta: ¿y si me voy a esa otra ciudad de la que todos hablan tan bien?

Moverme parecía una respuesta.

A veces confundimos el cambio de lugar con el cambio interior. Creemos que la incomodidad pertenece a una casa, a una ciudad, a un trabajo. Entonces nos vamos.

Pero la inquietud viaja liviana.

No necesita equipaje. Llega con nosotros.

En el cuarto mes la pregunta dejó de ser geográfica:

¿Quién soy si dejo de ser todas esas etiquetas que me había impuesto?

Ahí el retiro empezó de verdad.

No cuando dejé de trabajar.

No cuando tuve más tiempo.

No cuando cambié de lugar.

Empezó cuando ya no pude esconderme detrás de lo que hacía, de los roles que ocupaba ni de la historia que contaba sobre mí.

Un retiro dentro del retiro

En el quinto mes pensé que necesitaba un retiro.

Sí: un retiro dentro del retiro.

Ahora me causa cierta gracia, pero entonces tenía todo el sentido del mundo. Había parado por fuera y seguía lleno de ruido por dentro.

No era un problema de tiempo libre.

Era un problema de identidad.

Durante cuarenta y cinco años había aprendido a responder quién era con datos: trabajos, proyectos, lugares, relaciones, logros, errores, años.

Todo eso decía algo sobre mi vida.

Pero no respondía la pregunta.

En el sexto mes pasé una semana de desconexión total, en plena naturaleza, en lo alto de un morro.

Sin una nueva tarea con la que distraerme.

Sin otra ciudad que imaginar.

Sin una pantalla que llenara el silencio.

Ahí lo entendí.

Lo que queda cuando las etiquetas caen

No soy un experto en nada.

No soy mis años.

No soy mis roles.

Solo soy.

La frase parece simple. Vivirla no lo fue.

Porque las etiquetas también protegen. Nos dan una respuesta rápida. Nos permiten presentarnos ante los demás y, sobre todo, ante nosotros mismos.

Soltarlas deja un espacio incómodo.

Durante un tiempo, ese espacio se parece mucho a estar perdido.

Pero no siempre lo es.

A veces no estás perdido. A veces estás dejando de obedecer un mapa que nunca dibujaste.

Desprogramarse no fue borrar mi historia ni negar lo que había construido. Tampoco fue encontrar una versión definitiva de mí.

Fue empezar a distinguir.

Qué parte de mi vida había elegido.

Qué parte había sostenido por costumbre.

Qué parte seguía ahí solo porque durante años me había definido.

Un año no es una respuesta

No fue hasta que pasó un año y regresé cuando caí en la cuenta:

no podía pretender resolver los dilemas existenciales de toda una vida —cuarenta y cinco años, en mi caso— en apenas unos meses.

También había convertido la búsqueda interior en un objetivo con fecha.

Como si parar activara una cuenta atrás.

Como si al final del año sabático tuviera que entregar una conclusión limpia, una nueva identidad y un plan.

No ocurrió así.

Lo que apareció fue menos espectacular y más verdadero: la posibilidad de no saber durante un tiempo sin correr a llenar ese vacío.

No necesitaba encontrarme rápido.

Necesitaba dejar de fabricar respuestas para volver a sentirme seguro.

Durante años me había permitido hacer muchas cosas.

Lo que nunca me había permitido era simplemente ser.

Y eso, curiosamente, era lo único que necesitaba aprender.

Cuaderno · 01Punto Cero